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El hongo amazónico que devora plástico y convierte la basura en fertilizante

A corrida do ouro biológico na Amazônia em março de 2026

Mientras el mundo debate metas de descarbonización, bajo el suelo de la Amazonía brasileña ocurre una revolución silenciosa: hongos que comen plástico. La ciencia brasileña alcanzó un hito histórico al catalogar el linaje número 120 de hongos capaces de digerir polímeros sintéticos en suelo paraense, un logro que consolida a la Amazonía como la mayor farmacia biotecnológica del planeta.

El dato, confirmado por el consorcio internacional de bioeconomía que actúa en la región, revela algo aún más sorprendente: la velocidad de evolución de estos microorganismos está superando las proyecciones más optimistas hechas al inicio de la década. La reciclaje que la naturaleza opera por su cuenta podría eliminar la acumulación de poliuretano en zonas de descarte irregular en menos de dos años.

Un piloto de biorremediación urbana en Belém

El protagonista de esta historia dejó de ser una promesa de laboratorio. En Belém, capital que se prepara para acoger la conferencia climática más importante de la historia, el hongo pasó a ser el centro de un proyecto piloto de biorremediación urbana. La iniciativa emplea colonias de Pestalotiopsis para tratar el lixiviado y los residuos plásticos que permanecen en antiguos vertederos de la región metropolitana.

Los resultados desconcertaron incluso a los técnicos más escépticos. En apenas las primeras 72 horas de aplicación, el suelo tratado registró una reducción del 15% en la masa de microplásticos presentes. Es la prueba de que la biotecnología amazónica ya opera en el mundo real, y no solo en placas de Petri.

Inteligencia artificial para mapear enzimas plastívoras

Una nueva generación de investigadores está redibujando la biotecnología de la región con ayuda de inteligencia artificial, usada para mapear los genes responsables de producir las enzimas «plastívoras». Uno de los avances más notables fue el secuenciamiento completo del genoma de una variante hallada en la Isla de Marajó.

Esa variante demostró una resistencia térmica inédita: soporta temperaturas de hasta 45°C sin perder su capacidad de descomposición. El detalle resuelve uno de los mayores cuellos de botella de la tecnología, la adaptación del hongo a climas más cálidos o a procesos industriales que generan calor. Con ello, el hongo que descompone plástico puede exportarse como solución para crisis ambientales en zonas tropicales de África y del Sudeste Asiático.

Del río al fertilizante: cerrando el ciclo

El impacto económico ya se refleja en la creación de nuevos distritos industriales verdes en el entorno de la carretera BR-310. Empresas de biotecnología se instalan en la región para producir «biorreactores de hongos» a escala comercial. El modelo de negocio se concentra en la bioextracción: el plástico recogido en los ríos es transformado por estos hongos en un subproducto rico en proteínas.

Tras un tratamiento riguroso, ese subproducto puede convertirse en fertilizante orgánico o en materia prima para nuevos bioplásticos. Es el cierre perfecto del ciclo de la materia, donde el contaminante de ayer se vuelve el nutriente de mañana, moviendo un engranaje financiero que mantiene la selva en pie y valorizada.

La naturaleza ya se defiende sola

En el terreno de la conservación, expediciones a zonas remotas del Alto Solimões identificaron que estos hongos ya actúan de forma natural sobre los depósitos de basura arrastrados por las crecidas de los ríos. Esa adaptación salvaje sugiere que la naturaleza amazónica está creando sus propios mecanismos de defensa contra el Antropoceno.

Aun así, los científicos advierten que esta «limpieza natural» no debe servir de excusa para mantener el descarte irresponsable. La prioridad de la política ambiental brasileña será implementar protocolos de bioseguridad para garantizar que el uso masivo de estos linajes fúngicos no altere la microbiota original de las áreas preservadas.

Una vitrina para la COP30 y el mundo

La infraestructura montada para la COP30 se convirtió en laboratorio vivo. El nuevo complejo de recepción de delegaciones en Belém estrenó un sistema de tratamiento de residuos basado enteramente en microorganismos locales. A través de paneles de vidrio, los visitantes observan en tiempo real cómo micelios vibrantes consumen vasos y envases plásticos.

Esa vitrina tecnológica es el argumento final de Brasil para atraer fondos soberanos de inversión, con la tesis de que la soberanía sobre la biodiversidad es el activo más valioso del siglo XXI. El país selló además un acuerdo de cooperación técnica entre el Ministerio de Ciencia y Tecnología y universidades europeas para crear el primer Centro Global de Biorremediación Fúngica. El objetivo es estandarizar los métodos de aplicación a gran escala y garantizar que la tecnología llegue a países en desarrollo que enfrentan crisis sanitarias severas.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia

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