
Aunque los países cumplan sus promesas de reducir emisiones, el calentamiento global superará la capacidad de muchos ecosistemas de soportarlo con seguridad. Esa realidad ha empujado a científicos, gobiernos y un número creciente de startups a explorar formas de retirar dióxido de carbono de la atmósfera o, al menos, neutralizar temporalmente sus efectos. Pero estas intervenciones traen riesgos, sobre todo para el océano, el mayor sumidero de carbono del mundo y la base de la seguridad alimentaria global.
Un equipo que estudió los océanos y el clima durante décadas analizó cómo distintas intervenciones podrían afectar los ecosistemas marinos, para bien o para mal, y dónde hace falta más investigación antes de probarlas a gran escala. La conclusión: algunas estrategias son menos riesgosas que otras, pero ninguna está libre de consecuencias.
Dos caminos muy distintos
Las intervenciones se dividen en dos grandes categorías. La primera es la remoción de dióxido de carbono (CDR), que ataca la causa del problema retirando carbono del aire. El océano ya absorbe casi un tercio de las emisiones humanas cada año y tiene enorme capacidad de retener más. Los métodos biológicos capturan carbono mediante la fotosíntesis de algas y plantas: la fertilización con hierro o el cultivo de algas marinas estimulan ese crecimiento, aunque gran parte del carbono vuelve a la atmósfera cuando la biomasa se descompone.
La segunda categoría, la modificación de la radiación solar, funciona como un protector solar: no retira carbono, pero inyecta partículas que reflejan la luz del sol y podrían reducir olas de calor y blanqueamiento de corales, imitando el enfriamiento que sigue a las grandes erupciones volcánicas. Es rápida, pero solo enmascara el problema mientras el CO2 sigue subiendo.
Dónde está el riesgo para la vida marina
Atraer más dióxido de carbono al océano puede agravar la acidificación, que ya debilita las conchas de las ostras y daña corales y plancton, base de la cadena alimentaria. Los métodos biológicos, además, dependen de nutrientes: fertilizar la superficie en una zona puede asfixiar las aguas de abajo o perjudicar la pesca a miles de kilómetros, al agotar nutrientes que las corrientes llevarían a zonas productivas. Los cambios en la composición del fitoplancton se propagan por toda la cadena alimentaria y terminan afectando pesquerías de las que dependen millones de personas.
Las opciones menos peligrosas
De todos los métodos analizados, el aumento electroquímico de la alcalinidad oceánica resultó el de menor riesgo directo, aunque no es inocuo: usa corriente eléctrica para separar el agua salada en una corriente alcalina y otra ácida, y exige neutralizar o descartar el ácido de forma segura. Otras opciones de riesgo relativamente bajo son añadir minerales carbonáticos al agua de mar y hundir plantas terrestres en aguas profundas y pobres en oxígeno para almacenar carbono a largo plazo. Todas necesitan más estudio antes de una escala real.
Una ventana que no durará para siempre
La comercialización ya avanza: startups respaldadas por inversores venden créditos de carbono marino a empresas como Stripe y British Airways, mientras las emisiones globales siguen subiendo. Los autores advierten que la presión para desplegar estas técnicas rápido, sin entender los riesgos, puede crecer a medida que empeoran los daños climáticos. Por eso defienden investigación transparente que descarte las opciones dañinas y verifique las prometedoras. Puede que ninguna intervención sea lo bastante segura para aplicarse a gran escala, pero esa decisión, dicen, debe guiarse por la evidencia y no por el miedo, el mercado o la ideología.
Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: estudio de investigadores de NILU y la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología.
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