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Capibaras en el asfalto: la fauna urbana y el avance de las ciudades amazónicas

Capivaras no asfalto: como a fauna urbana e o crescimento das cidades vizinhas à floresta amazónica reescrevem a convivência

En muchas ciudades amazónicas ya no sorprende ver a una familia de capibaras cruzando una avenida al atardecer, pastando en el césped de una plaza o descansando junto a un canal de drenaje. La escena, que a primera vista parece una simple anécdota simpática, es en realidad la señal más visible de un proceso ecológico profundo. Los biólogos lo llaman sinantropía: el fenómeno por el cual ciertas especies encuentran ventajas adaptativas dentro del ambiente modificado por el ser humano y terminan instalándose en él de forma permanente.

La presencia de animales silvestres en el corazón de las metrópolis no es accidental. Los organismos dotados de alta plasticidad de comportamiento logran explotar recursos urbanos abundantes, como el refugio frente a los depredadores naturales y las fuentes alternativas de alimento. Ese comportamiento revela la notable resiliencia de la vida silvestre, capaz de transformar plazas, patios y canales de drenaje en nuevos nichos ecológicos activos. Pero cuando las ciudades se expanden de manera acelerada sobre los límites de la selva amazónica, esa adaptación mutua adquiere contornos de enorme complejidad.

El roedor que mejor leyó la ciudad

Entre los mamíferos, la capibara (Hydrochoerus hydrochaeris) se destaca como uno de los mayores símbolos de esa transición. Por tratarse de un animal semiacuático, encuentra en los canales de escurrimiento y en las lagunas urbanas un hábitat propicio para el descanso y para la regulación térmica. La ausencia de sus depredadores históricos, como el jaguar y los caimanes de gran porte, sumada a la oferta constante de gramíneas en parques, jardines y canteros, crea un escenario altamente favorable para el crecimiento de sus grupos familiares.

El camino de entrada ya estaba trazado. En las ciudades amazónicas la transición entre el ambiente natural y el urbanizado suele ser tenue: ríos, igarapés y fragmentos de bosque ribereño penetran el tejido urbano y funcionan como verdaderas carreteras verdes para las especies silvestres. Capibaras, perezosos, iguanas, pequeños primates y una vasta diversidad de aves usan esos corredores ecológicos residuales para transitar entre los reductos de selva y las áreas densamente pobladas.

La comparación con otras especies ayuda a entender por qué la capibara se volvió tan visible. El perezoso de tres dedos (Bradypus tridactylus) y los pequeños primates, como los titíes, dependen directamente de la continuidad de las copas de los árboles para desplazarse. La fragmentación forestal los obliga a bajar al suelo o a usar el cableado eléctrico para cruzar las vías públicas, un intento desesperado de adaptación que los expone a atropellamientos, electrocución y ataques de animales domésticos. La capibara, en cambio, se mueve por el suelo y por el agua, dos superficies que la ciudad no interrumpió del todo.

Cuando el asfalto alcanza el borde del bosque

La superposición geográfica entre el asfalto y la selva densa fuerza encuentros diarios entre ciudadanos y fauna local. Ese contacto se intensifica por la fragmentación de hábitats, que ocurre cuando una gran área de bosque continuo queda dividida en pedazos menores por la apertura de carreteras, líneas de transmisión de energía o expansión de barrios. El aislamiento geográfico produce el llamado efecto de borde, en el que los márgenes del fragmento sufren alteraciones drásticas de microclima, con mayor incidencia de viento, calor y ruido urbano.

Para la fauna silvestre, esas bordes representan áreas de alta vulnerabilidad, donde aumentan de forma significativa el riesgo de depredación por animales domésticos, la exposición a enfermedades y los atropellamientos. La respuesta de muchas especies es cambiar de horario: animales originalmente diurnos pasan a adoptar hábitos predominantemente nocturnos o crepusculares dentro del perímetro urbano, una estrategia para evitar el período de mayor tráfico de vehículos y la intensa circulación de personas.

La ciudad también interfiere en la comunicación y en los ritmos biológicos. Las aves canoras que habitan áreas urbanas tienden a cantar en frecuencias más altas y con volúmenes elevados para superar el ruido constante del tránsito, un ajuste adaptativo que consume recursos energéticos preciosos. La iluminación artificial permanente desregula el reloj biológico de anfibios y reptiles, y afecta ciclos de reproducción y alimentación que antes estaban guiados rigurosamente por las fases de la luna y por la oscuridad natural.

La cuestión sanitaria de la convivencia

El punto más delicado del encuentro entre fauna y ciudad es la basura. El descarte inadecuado de residuos sólidos orgánicos atrae a los animales silvestres hacia contenedores y depósitos de desechos. Aunque parezca una fuente de alimento fácil, el consumo de restos de comida humana expone a la fauna a patógenos peligrosos y a intoxicaciones por plásticos y sustancias químicas nocivas, comprometiendo la salud a largo plazo de las poblaciones que habitan las áreas de borde.

El riesgo corre en las dos direcciones. Un animal silvestre que se alimenta de basura pierde autonomía, se concentra en puntos fijos de la ciudad y multiplica los contactos con personas y con perros y gatos domésticos, justamente las situaciones que más favorecen la circulación de enfermedades. Por eso los programas de educación ambiental son cruciales: la población necesita entender que los animales que habitan plazas y parques no deben ser alimentados artificialmente ni domesticados, para que conserven sus instintos naturales de búsqueda de alimentos nativos.

Diseño urbano biofílico, no muros

Promover una convivencia pacífica y saludable exige planificar las ciudades no solo para las personas, sino como sistemas ecológicos integrados. El modelo tradicional de urbanización, caracterizado por la pavimentación total del suelo y por la canalización rígida de los cursos de agua, necesita dar lugar a conceptos de arquitectura y urbanismo sostenibles. Entre las principales medidas para mitigar los conflictos y proteger a la fauna urbana se destacan cuatro frentes complementarios.

Corredores ecológicos y pasos de fauna: la implementación de puentes de cuerda aéreos sobre vías públicas para primates y perezosos, además de túneles bajo las carreteras para pequeños mamíferos y reptiles, reduce drásticamente los atropellamientos.

Preservación de los bosques ribereños: mantener los márgenes de igarapés y ríos libres de construcciones garantiza zonas de amortiguación naturales que sirven de refugio y de área segura de forrajeo para las especies, incluidas las capibaras.

Señalización vial inteligente: la instalación de placas de alerta y reductores de velocidad en áreas conocidas de cruce de animales, sobre todo cerca de parques y reservas urbanas, protege tanto a la fauna como a los conductores.

Destino correcto de los residuos: el uso de contenedores a prueba de animales silvestres en áreas públicas arboladas evita que especies como los monos y los coatíes se vuelvan dependientes de la basura urbana, cortando de raíz el problema sanitario.

A esas medidas se suman los proyectos de reforestación capaces de reconectar las islas verdes dispersas en la malla urbana, devolviendo continuidad a fragmentos hoy aislados. La preservación de la biodiversidad en las ciudades no se resume a levantar barreras entre el asfalto y la selva, sino a diseñar puntos de transición seguros y respetuosos para ambos lados.

Ver capibaras, perezosos y aves tropicales cruzando los caminos cotidianos debe ser leído como un privilegio y también como una responsabilidad colectiva. Al integrar la ecología en la planificación de la infraestructura, las ciudades vecinas a la Amazonía pueden crecer en armonía con la herencia natural que las rodea y demostrar que el desarrollo urbano y la vida silvestre son capaces de recorrer el mismo camino.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Revista Amazônia, Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

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