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El colapso silencioso de la Amazonía: la selva que ya emite más carbono del que absorbe

O colapso silencioso da Floresta Amazónica e a descoberta científica que revela o aumento das emissões de carbono em áreas devastadas

Durante décadas, la Amazonía fue descrita como el “pulmón del mundo”, una metáfora simple para nombrar algo que la ciencia ya había medido con precisión: una selva tropical húmeda y saludable funciona como un sumidero de carbono planetario, capaz de retirar gigatoneladas de CO2 de la atmósfera mediante la fotosíntesis. Ese servicio, prestado en silencio y sin factura, sostuvo durante generaciones buena parte del equilibrio climático global. Investigaciones científicas recientes, sin embargo, apuntan a un cambio inquietante: hay partes de la Amazonía, sobre todo en el sudeste, que ya emiten más carbono del que logran absorber. La selva sigue ahí, pero empezó a cambiar de bando.

La reversión del sumidero de carbono

La transformación de un sumidero en un emisor no es un detalle contable: es un punto de inflexión. Los estudios asocian el fenómeno a dos procesos que caminan juntos, la deforestación y la degradación forestal. Cuando un árbol es derribado o muere por condiciones climáticas extremas, el carbono que había acumulado durante décadas regresa a la atmósfera. Hasta ahí, la explicación resulta intuitiva. Lo verdaderamente preocupante del hallazgo científico es otra cosa: incluso áreas de selva que siguen en pie, verdes y aparentemente intactas, están perdiendo su capacidad de capturar CO2.

Los investigadores que analizaron el intercambio de carbono en la región llegaron a una conclusión que obliga a mirar el mapa de otra manera. En las zonas donde la deforestación superó cierto umbral, la selva pierde resiliencia climática. La vegetación se vuelve más seca, la tasa de mortalidad de los árboles aumenta y la descomposición de materia orgánica en el suelo se acelera. Todo empuja en la misma dirección: más emisiones. Y casi nada de ese proceso se ve. No hay humo, no hay columna negra en el horizonte, no hay imagen de catástrofe. Es un colapso silencioso, con consecuencias globales.

Sequías extremas y pérdida de resiliencia

Las sequías extremas ocupan el centro de esta historia. La Amazonía depende de un ciclo hidrológico complejo en el que los propios árboles reciclan la humedad mediante la evapotranspiración y, literalmente, fabrican su lluvia. Cada hoja participa de esa maquinaria. Los estudios muestran que la deforestación fragmenta ese ciclo: cuanto menos bosque queda, menos humedad circula, y la selva restante queda más expuesta a periodos prolongados de sequía. La vulnerabilidad tampoco se reparte de forma pareja, se concentra en los bordes y en las regiones más golpeadas por el avance de la frontera agrícola.

El aumento de las temperaturas globales intensifica esas sequías. Cuando la selva está estresada por la falta de agua, reduce la fotosíntesis para conservar recursos y, con ello, absorbe menos CO2. Mientras tanto, la mortalidad y la descomposición no se detienen, y el saldo termina siendo positivo del lado equivocado: más emisiones que capturas. Los investigadores describen un ciclo de retroalimentación positiva en el que la sequía provoca mortalidad, la mortalidad provoca emisiones, las emisiones provocan más calentamiento y el calentamiento provoca nuevas sequías. Ese engranaje, si gira lo suficiente, podría empujar a la Amazonía hacia un punto de no retorno y convertir grandes extensiones de selva en un tipo de sabana degradada.

El punto de no retorno, en cifras

La reversión del papel amazónico en el ciclo del carbono funciona como una señal de alerta temprana de que la selva se acerca a su punto de no retorno, el tipping point de la literatura científica. Los científicos estiman que, si la deforestación alcanza entre el 20% y el 25% del área total de la selva, el ciclo hidrológico podría colapsar de forma irreversible. Hoy, más del 17% de la Amazonía ya fue deforestado, y la degradación forestal afecta superficies todavía mayores. El margen que separa el escenario actual del umbral estimado es estrecho, y nadie lo tiene garantizado.

Conviene precisar el alcance de esa cifra, porque el matiz importa. No se trata de un interruptor que se apaga en una fecha exacta ni de una profecía de destrucción total. Se trata de un umbral estimado, con incertidumbre asociada, a partir del cual el sistema perdería la capacidad de regenerarse por sí mismo. Ni negar el riesgo ni exagerarlo ayuda a entender el problema: lo que la evidencia sostiene es que el margen es real, medible y se está reduciendo.

Las consecuencias de un colapso amazónico serían globales. La liberación de las gigatoneladas de carbono almacenadas en la selva aceleraría de forma significativa el calentamiento del planeta y volvería casi imposible limitar el aumento de la temperatura a niveles considerados seguros. Además, la pérdida de la Amazonía alteraría los regímenes de lluvia en todo el continente sudamericano, con impacto directo sobre la agricultura y el abastecimiento de agua de países que hoy ni siquiera se piensan a sí mismos como amazónicos.

El costo oculto de la degradación forestal

Hay una parte del problema que escapa a las estadísticas más citadas. La degradación forestal, provocada por la explotación maderera ilegal y por incendios de baja intensidad, muchas veces pasa desapercibida para los satélites de monitoreo. A diferencia de la deforestación total, la degradación deja la selva en pie, pero en condiciones precarias: dosel abierto, suelo expuesto al sol, árboles debilitados. Los estudios académicos indican que las áreas degradadas pueden emitir tanto o más carbono que las áreas completamente deforestadas, debido a la alta mortalidad de árboles y a la quema de biomasa.

Esas emisiones silenciosas son un componente crucial, y con frecuencia subestimado, de la huella de carbono amazónica. Reconocer y combatir la degradación es, por lo tanto, condición para que cualquier estrategia de conservación y de mitigación climática funcione en la región. Contar solo las hectáreas rasadas deja fuera una porción importante de la cuenta.

La urgencia de actuar

Frente a este escenario, proteger la Amazonía dejó de ser exclusivamente una agenda de conservación de la biodiversidad para convertirse en una necesidad estratégica de estabilidad climática global. Los estudios indican que la restauración de áreas degradadas y la deforestación cero resultan fundamentales para revertir la tendencia de emisiones y devolverle resiliencia a la selva. Son dos caminos complementarios: uno frena la hemorragia, el otro repara lo que quedó atrás.

Brasil, como guardián de la mayor parte del bioma, carga con una responsabilidad decisiva. Políticas públicas consistentes, fiscalización contra la deforestación ilegal y apoyo a modelos de desarrollo sostenible aparecen como piezas esenciales de cualquier respuesta seria. Pero el desafío excede fronteras y exige la colaboración de gobiernos, empresas y sociedad civil, dentro y fuera de Brasil. Proteger la Amazonía también es proteger el capital intelectual acumulado durante milenios en las márgenes de los ríos amazónicos. El tiempo para actuar es ahora, antes de que el colapso silencioso se vuelva irreversible.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: investigaciones científicas sobre el ciclo del carbono en la Amazonía, con datos de monitoreo del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE) y del Observatório do Clima.

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