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Bioacústica: científicos escuchan la selva amazónica para hallar especies

Científicos brasileños hallan un ecosistema vivo de microorganismos flotando en la niebla a 325 metros sobre la Amazonía

Cientistas brasileiros descobrem um ecossistema vivo de microrganismos flutuando na névoa a 325 metros de altura na Amazônia

A 325 metros de altura, en el punto más alto de la torre ATTO (Amazon Tall Tower Observatory), en pleno corazón de la Amazonía brasileña, el aire deja de ser un espacio vacío y se convierte en algo parecido a una sopa biológica. Allí arriba, muy por encima del dosel de la selva, científicos brasileños describieron un ecosistema vivo de microorganismos que viaja sobre las gotitas de la niebla matinal. El hallazgo rompe con la idea de que las capas altas de la atmósfera amazónica serían químicamente puras y prácticamente estériles: lo que existe, en realidad, es una densa red de dispersión de hongos y bacterias vivas suspendidas a cientos de metros del suelo.

Según detalló el portal G1, en su sección Terra da Gente, la investigación fue liderada por el profesor Ricardo Godói, de la Universidad Federal de Paraná (UFPR), junto con la investigadora Bruna Sebben. El equipo utilizó equipos de captura de partículas de aire y de niebla instalados en la torre y logró identificar miles de linajes de bacterias y hongos. Entre ellos aparecen especies conocidas como Serratia marcescens y Aspergillus niger, que hasta ahora se creían restringidas a la hojarasca, esa capa de hojas en descomposición que cubre el piso de la selva y que funciona como el gran reciclador de nutrientes del bosque.

El ascensor biológico de la selva

Los investigadores bautizaron el fenómeno con un nombre que lo explica solo: ascensor biológico. La selva no se limita a intercambiar gases con la atmósfera, también empuja vida hacia arriba. El mecanismo es delicado y a la vez poderoso. Cuando el viento roza la superficie de las hojas y del suelo, arranca esporas de hongos y células bacterianas que quedan suspendidas en el aire. Al enfriarse la masa de aire durante la madrugada, el vapor de agua se condensa alrededor de esas partículas dispersas y forma las gotitas de la niebla. Cada gota se convierte así en un vehículo microscópico.

Ese transporte no es marginal. Los datos recogidos en la torre indican que la niebla matinal amazónica multiplica hasta diez veces la concentración de bioaerosoles en la alta atmósfera si se la compara con lo medido en días secos. Es decir, el mismo fenómeno que envuelve la selva en un manto blanco al amanecer funciona como una cinta transportadora que traslada comunidades enteras de microorganismos desde el suelo hacia alturas donde los vientos pueden llevarlas muy lejos antes de devolverlas a tierra con la lluvia.

Nubes que nacen de la vida

La relevancia climática del descubrimiento es enorme, porque esas partículas biológicas no flotan de forma pasiva. Una vez en las capas altas actúan como núcleos de condensación, es decir, como la base física sobre la cual el vapor de agua se agrupa para formar gotas de lluvia. Se estima que alrededor del 60% de las partículas que dan inicio a la formación de nubes en la Amazonía tienen origen biológico. La selva, en otras palabras, fabrica buena parte de su propia lluvia, y lo hace con materia viva que ella misma produce en el suelo.

El ciclo se cierra cuando llueve. Al caer, el agua devuelve al bosque los microorganismos y los nutrientes que la niebla había levantado, redistribuyéndolos por áreas distintas de aquellas donde fueron capturados. Ese reparto silencioso ayuda a mantener la fertilidad de un ecosistema que, paradójicamente, se asienta sobre suelos pobres. La advertencia de los investigadores es directa: en zonas degradadas o deforestadas el proceso se interrumpe, la distribución de microorganismos cambia y el funcionamiento del sistema completo queda comprometido. No se pierde solamente el árbol, se pierde también la maquinaria invisible que fabrica la lluvia.

Una torre más alta que la Torre Eiffel

Nada de esto habría sido observable sin la infraestructura que hizo posible el estudio. La torre ATTO, inaugurada en 2015, es fruto de una cooperación científica entre Brasil y Alemania y se levanta en una zona de selva continua con interferencia humana mínima. Con sus 325 metros supera en altura a la Torre Eiffel y permite monitorear durante décadas la química del aire y las interacciones entre bosque y atmósfera. Desde su plataforma superior la vista es la de un mar verde ininterrumpido que se extiende hasta el horizonte.

Antes de su construcción, las mediciones de biodiversidad atmosférica en la región se hacían desde torres de dosel de apenas 45 metros, cuyos datos seguían muy influidos por la vegetación inmediata. A 325 metros el escenario cambia por completo: los científicos pueden poner a prueba teorías sobre la subcapa inercial de la atmósfera amazónica y responder preguntas que llevaban años sin respuesta, porque simplemente no existía el punto de observación adecuado.

Por qué importa para el clima del planeta

Estudiar la biodiversidad del dosel y de las grandes alturas no se agota en el catálogo de nuevas formas de vida microscópica. Es una pieza clave para el monitoreo de gases de efecto invernadero y para entender cómo la Amazonía respira y transpira, un proceso que influye en el balance climático global. El proyecto ATTO integra estudios de micrometeorología, turbulencia y transporte de energía y de gases, conectando lo que ocurre en el piso de la selva con fenómenos de formación de nubes de alcance planetario. Cuanto mejor se comprendan esas interacciones, más precisas serán las previsiones sobre el impacto del cambio climático en la región y fuera de ella.

Hay además una dimensión práctica para las políticas de conservación. Si una parte relevante de la lluvia que cae sobre la Amazonía depende de partículas que la propia selva lanza al aire, entonces mantener el bosque en pie deja de ser una meta ambiental abstracta y pasa a ser una cuestión de infraestructura hidrológica. Derribar la vegetación no elimina solamente árboles y el carbono que almacenan, también apaga un mecanismo que mantiene el agua circulando por toda la cuenca. Cualquier cálculo del costo de la deforestación que ignore esa capa del sistema es, por definición, incompleto.

Queda, al final, una constatación que ordena la escala de las cosas. Los secretos que la Amazonía todavía guarda no están únicamente en el suelo o entre las ramas, sino también en el aire que respira por encima de sí misma. Cada descubrimiento como este ecosistema de la niebla refuerza la urgencia de preservar no solo la selva visible, sino todo el sistema biológico y atmosférico que la sostiene. Proteger la Amazonía es proteger ese ascensor biológico que garantiza el equilibrio del clima y la vida de billones de seres microscópicos que, desde lo alto, trabajan por el planeta entero.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Portal G1, Terra da Gente.

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