
En el Día del Trabajador, los homenajes suelen concentrarse en los oficios urbanos. En el interior de la Amazonía, sin embargo, hay un grupo de trabajadores que sostiene una de las cadenas productivas más rentables de la región subiendo cada mañana a lo alto de una palmera. Son los peconheiros, los hombres que cosechan el açaí trepando troncos que pueden alcanzar los 20 metros de altura. No usan andamios ni arneses. Suben con el cuerpo, muchas veces descalzos para ganar adherencia, ayudados por una sola pieza de equipo: un trozo de cuerda o de paja trenzada llamado peconha. De esa escalada dependen el ingreso de miles de familias ribereñas y el abastecimiento de un mercado que hoy es global.
Qué es la peconha
La palabra peconha designa el objeto que da nombre al oficio. Es una cuerda corta, a veces una fibra vegetal trenzada, que el trabajador coloca alrededor del tronco de la palmera para recuperar la adherencia que la corteza lisa le niega. La peconha cumple dos funciones al mismo tiempo: sujeta y también impulsa, porque el trabajador la desplaza hacia arriba y usa la tensión para elevarse un tramo más. Quien sube con peconha es un peconheiro. No se trata de un accesorio de seguridad, y conviene decirlo con precisión: la peconha no detiene una caída, solamente permite subir. Es una técnica ancestral transmitida de generación en generación, y exige fuerza, agilidad y equilibrio construidos con años de práctica.
La técnica y la jornada diaria
La cosecha del açaí exige un conocimiento profundo del bosque y de la biología de la palmera Euterpe oleracea. El peconheiro empieza a trepar temprano, cuando el sol todavía no aprieta. Fija la peconha en el tronco y, con movimientos coordinados y rítmicos, se impulsa hacia arriba, reacomodando la cuerda a cada metro conquistado. Al llegar a la copa se sostiene de la palmera con una mano mientras con la otra corta el racimo de açaí con un terçado, el machete de trabajo de la región. El racimo va a parar a un paneiro, el cesto de paja que el trabajador carga en la espalda. Después baja, y vuelve a empezar en la palmera siguiente. La rutina se repite decenas de veces a lo largo de la mañana.
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Los acuarios naturales de la Amazonía: ríos donde el fondo queda a la vistaEl riesgo es constante y no es una figura retórica. La palmera puede quebrarse durante la subida. El trabajador puede perder el equilibrio y caer desde una altura que puede ser mortal. A eso se suma el encuentro con animales venenosos, serpientes y arañas que habitan las copas y que aparecen justo donde la mano busca apoyo. No hay red, no hay arnés y, en la mayoría de los casos, tampoco hay un compañero abajo con formación para atender un accidente. Cada jornada es una prueba de resistencia física realizada sin ninguna de las protecciones que serían obligatorias en cualquier trabajo en altura fuera del bosque.
El primer eslabón de una economía millonaria
El açaí, llamado el oro morado de la Amazonía, se convirtió en un producto global, con demanda creciente en los mercados nacionales e internacionales. Esa bioeconomía representa la principal fuente de ingresos para miles de familias ribereñas y pequeños productores en todo el estado de Pará, el mayor productor del fruto. Según datos de la Secretaría de Desarrollo Agropecuario y de la Pesca (SEDAP), la producción de açaí genera una recaudación milmillonaria para el estado, impulsa la economía local y crea empleos directos e indirectos. El trabajo del peconheiro es el primer eslabón de esa cadena, el cimiento sobre el que se levanta toda la industria. Sin la escalada no hay pulpa, no hay exportación y no hay tazón de açaí en ninguna vitrina del mundo.
Condiciones de trabajo y derechos pendientes
Pese a esa centralidad, las condiciones de trabajo son con frecuencia precarias. Falta equipamiento de seguridad adecuado y falta formación reglada para el manejo seguro de las palmeras, lo que eleva el riesgo de accidentes. La informalidad es otro problema estructural: dificulta el acceso a los beneficios sociales y a los derechos laborales, y deja al trabajador sin cobertura justamente en la actividad donde una caída puede interrumpir el ingreso familiar de un día para otro. La respuesta pasa por invertir en programas de capacitación y en tecnologías de seguridad que reduzcan la probabilidad de caídas y de otros accidentes, no por confiar en la destreza individual de cada peconheiro.
Hay además una vía que involucra directamente al consumidor. Promover la certificación y la valorización del açaí producido de manera sostenible y justa permite que quien compra el producto sepa que la fruta respeta los derechos y la dignidad de quien la cosechó. Reconocer al peconheiro como trabajador esencial, y no como una curiosidad pintoresca del paisaje amazónico, es un paso concreto para construir una Amazonía más justa y próspera, en la que la riqueza generada por el açaí se distribuya de forma más equilibrada entre quienes conservan el bosque.
Manejo sostenible y futuro de la cosecha
La recolección del açaí es una actividad tradicional que puede y debe realizarse de forma sostenible, garantizando la preservación del bosque y la continuidad de la bioeconomía para las generaciones futuras. El manejo correcto de los açaizales, que evita la deforestación y promueve la regeneración de las áreas degradadas, es la base de esa sostenibilidad. Valorizar el saber tradicional de los peconheiros y apoyar a las comunidades locales son pilares de un modelo de explotación que respete los límites del ecosistema. Con inversión en ciencia, tecnología y políticas públicas adecuadas es posible construir un escenario en el que el trabajador esté protegido y la cosecha siga siendo una fuente de vida para la región.
Un fruto que también es identidad
El açaí no es solamente un alimento: es un símbolo de la identidad cultural amazónica, presente en la cocina, en la música, en la literatura y en las tradiciones locales. En Belém, su consumo es un ritual diario, acompañado de pescado frito, harina de tapioca o camarón seco, una comida que reúne a las familias y refuerza los lazos comunitarios. Detrás de cada plato hay una escalada de 20 metros hecha por alguien cuyo nombre casi nunca aparece en la etiqueta.
La historia del peconheiro es un legado de resistencia y de conocimiento que pasa de una generación a la siguiente. Son guardianes de un saber que les permite vivir del bosque sin destruirlo. En los rostros marcados por el sol y en las manos encallecidas se lee la determinación de un pueblo que se niega a ser olvidado. En el Día del Trabajador, celebrar a los peconheiros significa exigir para ellos lo mismo que se exige para cualquier trabajador en altura: seguridad, formación, derechos y un reparto justo de la riqueza que producen.
Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Revista Amazônia; Secretaría de Desarrollo Agropecuario y de la Pesca (SEDAP) del estado de Pará.
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