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El fleco de las plumas que borra el ruido del…

Cómo la Amazonía cambia su lenguaje químico durante la sequía

Una selva bajo sequía no se queda en silencio: cambia de vocabulario. Entre 2023 y 2024, cuando El Niño empujó a la cuenca amazónica hacia uno de los episodios de sequía más severos jamás registrados, un grupo de investigadores dejó de mirar solamente las hojas caídas y los troncos secos y se puso a medir el aire. Lo que encontró fue una alteración clara en la mezcla de moléculas volátiles que los árboles liberan a la atmósfera, un conjunto de compuestos asociados al estrés de las plantas.

El trabajo midió tres familias de sustancias: isopreno, monoterpenos y sesquiterpenos. Son compuestos que la vegetación emite de forma rutinaria, pero cuya proporción se desplaza cuando las condiciones ambientales cambian. Los resultados fueron publicados en la revista Communications Earth and Environment. Esas moléculas cumplen un papel en la defensa de los árboles y, al mismo tiempo, interfieren en la química del aire que rodea a la selva.

Conviene aclarar de entrada un punto que se presta a confusión. Cuando se dice que la selva habla durante la sequía, se trata de una metáfora científica y no de un fenómeno sonoro. Nadie registró voces ni ruidos nuevos entre los árboles. Lo que cambió fue la firma química del aire, es decir, la combinación y la intensidad de las moléculas emitidas por la vegetación. Llamar a eso lenguaje es una forma de describir un intercambio de información química, no un sonido audible.

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El olor de la selva no es una impresión subjetiva

Las plantas liberan moléculas por muchos motivos: atraer polinizadores, ahuyentar herbívoros, comunicar estrés y responder a la temperatura. La mezcla varía según la especie, la luz disponible, el agua que la raíz consigue extraer del suelo y la presencia de daños en las hojas. No existe un olor único de la selva, sino una composición cambiante que se rearma a lo largo del día.

Para una persona que camina bajo el dosel, parte de esos compuestos llega como olor a hoja, a resina o a tierra mojada. Para la atmósfera, en cambio, son ingredientes de reacciones químicas capaces de formar partículas, alterar la calidad del aire e influir en la manera en que la selva interactúa con la radiación solar. El mismo compuesto que el olfato humano apenas percibe puede tener un peso considerable en la física de la región.

Cuando la sequía se intensifica, cada planta enfrenta un dilema fisiológico. Abrir los estomas facilita la entrada de gas carbónico, necesario para la fotosíntesis, pero también acelera la pérdida de agua por transpiración. Cerrarlos protege la reserva hídrica y limita la producción de energía. La liberación de compuestos volátiles forma parte de ese ajuste complejo, y por eso su medición ofrece una lectura del estado interno de la vegetación.

Lo que dejó ver El Niño

El período de 2023 y 2024 ofreció una oportunidad poco común para observar la química de la selva bajo presión. El fenómeno alteró temperatura, lluvia y humedad en áreas extensas de la Amazonía y creó un escenario que ningún laboratorio podría reproducir a esa escala. En lugar de contabilizar solamente árboles muertos u hojas caídas, el equipo siguió respuestas que ocurren antes de que aparezcan señales visibles de colapso.

Ese punto es central. Las moléculas registradas no funcionan como un termómetro simple: una concentración mayor no significa de forma automática que toda la selva esté en peligro, porque especies distintas responden de maneras distintas. El valor del dato está en el conjunto de cambios y en la comparación con las condiciones observadas en períodos anteriores.

La química del aire tampoco depende solo de los árboles. El viento, la humedad, la radiación y los incendios influyen en lo que llega a los sensores. Una pluma de humo puede alterar los resultados y dificultar la separación entre lo que emitió la vegetación y lo que vino de una fuente externa. Por eso las mediciones continuas resultan mucho más informativas que una colecta aislada en una fecha cualquiera.

La defensa del árbol llega hasta el cielo

Una planta bajo estrés puede liberar compuestos que funcionan como aviso para los organismos vecinos. Algunas moléculas ayudan a repeler herbívoros; otras atraen a los enemigos naturales de los insectos que atacan las hojas. El efecto no queda encerrado en el tejido vegetal ni termina en el borde de la copa del árbol.

En la atmósfera, esos compuestos reaccionan con oxidantes y pueden contribuir a la formación de aerosoles. Los aerosoles, a su vez, influyen en las nubes y en las partículas suspendidas, aunque el efecto final varía según la cantidad emitida, la composición de la mezcla y las condiciones meteorológicas del momento.

Ahí aparece el vínculo entre fisiología vegetal y clima. El árbol responde al ambiente y su respuesta modifica ese mismo ambiente. La selva no es apenas una superficie que recibe lluvia y calor: participa activamente de la química que ayuda a organizar la atmósfera regional. Entender la sequía exige, entonces, mirar también hacia arriba.

Una señal química que puede volverse monitoreo

Los sensores de compuestos volátiles pueden complementar imágenes de satélite, datos de lluvia y mediciones de flujo de carbono. Un mapa puede mostrar vegetación todavía verde mientras la química del aire indica que las plantas ya están enfrentando un régimen de estrés diferente. Esa distancia entre lo que se ve y lo que se mide es justamente lo que vuelve útil la herramienta.

El alerta químico, sin embargo, no sustituye el trabajo de campo. Es necesario saber qué especies están presentes en el área, cómo el suelo almacena agua y si hubo fuego o corte selectivo en las cercanías. La señal cobra sentido cuando se conecta con la ecología local y con el historial de uso del territorio.

El estudio revela una particularidad discreta de la Amazonía: en una sequía, la selva puede cambiar de olor antes de que el cambio se perciba como paisaje. Las moléculas liberadas por los árboles funcionan como una conversación con el aire y también como una pista de que la crisis climática avanza en una escala invisible para el ojo humano.

El valor periodístico de este hallazgo está en acercar una medida invisible a una escena cotidiana. Un bosque puede parecer silencioso y verde y estar, al mismo tiempo, reorganizando sus estrategias químicas para seguir funcionando. Medir el aire ayuda a contar esa parte de la historia antes de que la sequía deje marcas más fáciles de fotografiar.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Revista Amazônia, revistaamazonia.com.br.

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