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Reservas extractivistas de Pará: cómo funciona el modelo que mantiene la selva en pie

Sustentabilidade nas reservas extrativistas do Pará revela como o modelo de floresta em pé garante a sobrevivência de comunidades tradicionais

En el mapa de la Amazonía brasileña existe una categoría de territorio que no cabe en ninguna de las dos casillas habituales. No es una propiedad privada donde el dueño decide qué derribar, ni es un parque cerrado en el que la presencia humana se considera un problema. Se llama reserva extractivista, abreviada como Resex, y en el estado de Pará ese arreglo jurídico sostiene a comunidades enteras que viven de recoger, pescar y manejar lo que el bosque produce sin necesidad de tumbarlo.

Un territorio colectivo con reglas propias

La Resex es lo que la legislación brasileña clasifica como unidad de conservación de uso sostenible. El Estado sigue siendo el propietario formal del área, pero entrega a las familias que ya viven allí un instrumento llamado Concesión de Derecho Real de Uso, el CDRU. Con ese documento, el territorio no puede venderse ni fraccionarse para el agronegocio o para la explotación maderera depredadora. La gestión queda bajo la jurisdicción del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad, el ICMBio, en asociación con las organizaciones comunitarias locales.

La diferencia con un parque nacional es decisiva. Donde el parque restringe la ocupación humana, la Resex parte del supuesto contrario: son los ribereños, los recolectores de semillas y los pescadores quienes cuidan el área, porque su subsistencia depende de que siga en pie. Investigaciones socioambientales muestran que estas reservas presentan tasas de deforestación bastante menores que las de las áreas privadas y las de las tierras públicas sin destinación definida. El arreglo funciona, en la práctica, como un cinturón jurídico y cultural frente al avance de la frontera agrícola.

Lo que sale del bosque

La economía de estas reservas tiene nombre técnico: economía de la sociobiodiversidad. En Pará, los productos principales son el açaí (Euterpe oleracea), la castaña amazónica (Bertholletia excelsa), el caucho y los aceites de semillas como la andiroba (Carapa guianensis) y la copaiba (Copaifera). Todos siguen ciclos biológicos naturales de producción, de modo que la extracción no agota las especies y el bosque continúa funcionando como sumidero de carbono.

El manejo del açaí nativo en las reservas de várzea ilustra bien la lógica. Los extractivistas hacen el llamado ralamento, la limpieza selectiva de las matas de la palmera, y siembran plantas de enriquecimiento para aumentar la productividad sin retirar los árboles vecinos. El resultado le interesa también al comprador: según investigaciones de campo, el açaí producido en reservas extractivistas alcanza mayor valor agregado en el mercado internacional porque llega con el sello de producto libre de deforestación y de explotación laboral.

El acuerdo de los lagos

El segundo pilar productivo es la pesca manejada, sobre todo del pirarucu (Arapaima gigas) y del tambaquí (Colossoma macropomum). En áreas como la Resex Tapajós-Arapiuns, las comunidades firman acuerdos de pesca que clasifican cada lago en tres categorías: de uso, de mantenimiento o de preservación. Ese sistema de rotación deja que los cárdumenes se recompongan solos y garantiza la seguridad alimentaria de las familias sin que nadie tenga que vigilar cada canoa.

Donde el manejo del pirarucu se implantó en los lagos de várzea de Pará, las poblaciones monitoreadas del pez crecieron de forma exponencial. El éxito biológico se traduce en dinero: la venta de carne y de cuero genera recursos que las asociaciones reinvierten en infraestructura comunitaria, como escuelas y puestos de salud. El pescador deja de ser un cazador de oportunidad y pasa a ser un gestor ambiental que combina el conocimiento tradicional con la biología moderna para medir la salud del río.

Quién sostiene la cadena

Un elemento poco contado del modelo es el peso de las mujeres. Son ellas quienes en su mayoría lideran la producción de aceites esenciales, la artesanía y el beneficiado de la castaña y del açaí. Organizadas en cooperativas, garantizan que la renta familiar no dependa de un solo producto y que el conocimiento sobre plantas medicinales y técnicas de cosecha se transmita a la generación siguiente.

Para los jóvenes, la reserva funciona como alternativa al éxodo rural. Con la llegada de tecnología sostenible y de una educación pensada para el contexto amazónico, muchos deciden quedarse en el territorio trabajando en el monitoreo ambiental por satélite o en el ecoturismo de base comunitaria. Esa sucesión generacional no es un detalle sentimental: sin jóvenes dispuestos a vivir del extractivismo, la presión externa para convertir el bosque en pasto se volvería insostenible.

Lo que amenaza el modelo

El arreglo funciona, pero no es invulnerable. Las reservas de Pará conviven con la invasión de mineros ilegales, el robo de madera de alto valor comercial y los intentos de apropiación fraudulenta de tierras. El avance de grandes obras de infraestructura, como carreteras e hidroeléctricas, altera el flujo de los ríos y fragmenta las áreas de recolección, con efectos que ninguna comunidad puede resolver por su cuenta.

Las investigaciones apuntan a dos frentes de solución. El primero es la inversión continua en fiscalización, remota y presencial. El segundo es comercial: hace falta fortalecer políticas públicas que conecten a esos productores con el mercado consumidor y eliminen a los intermediarios que se quedan con la mayor parte del margen. El pago por servicios ambientales aparece como una vía prometedora para recompensar en dinero a las familias que, al vivir del bosque, prestan un servicio climático de alcance global.

Una brújula, no una reliquia

Las reservas extractivistas de Pará sirven de argumento contra dos ideas igualmente cómodas: la de que la Amazonía es un santuario intocado y la de que solo produce riqueza cuando se derriba. Son un jardín habitado, y la tecnología de conservación más eficiente disponible sigue siendo el conocimiento acumulado de quienes viven allí. Comprar los productos de estas reservas es una de las formas más directas que tiene el consumidor urbano de participar en esa cuenta.

Quien quiera verificar los datos puede consultar el portal del ICMBio, responsable de la gestión de las unidades de conservación, y los mapas de deforestación del proyecto PRODES, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE. Los números están abiertos y muestran, año tras año, dónde el bosque sigue en pie y quién lo mantiene así.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Revista Amazônia, ICMBio, INPE/PRODES.

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