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La Amazonía no colapsa con la sequía, pero cambia de estado

Una parcela de selva amazónica sometida durante más de veinte años a una sequía provocada de forma experimental no se derrumbó como muchos esperaban. Tampoco salió indemne. Los investigadores que acompañaron el experimento llegaron a un resultado más incómodo de resumir en un titular: el ecosistema alcanzó una estabilidad hidrológica, es decir, dejó de mostrar señales agudas de sed, pero solo después de atravesar cambios profundos en su propia estructura. Los árboles que quedaron en pie pasaron a competir menos por el agua del suelo. La selva, en cambio, perdió biomasa y perdió capacidad de acumular carbono en la madera.

El trabajo acompañó un experimento de gran escala y fue publicado en la revista Nature Ecology & Evolution. La contradicción que revela es el corazón del hallazgo: sobrevivir no significó permanecer igual.

La selva se ajustó haciéndose más pequeña

En los primeros años del tratamiento, la sequía elevada aumentó la mortalidad de los árboles, sobre todo entre los individuos grandes. Ese fue el golpe inicial y el más visible. Pero la consecuencia de esa pérdida abrió un camino inesperado: con menos árboles consumiendo agua, los sobrevivientes pasaron a disponer de una porción mayor de la humedad que todavía quedaba en el suelo.

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Ese mecanismo redujo las señales fisiológicas de estrés. Las variables que los ecólogos usan como termómetro interno de un árbol, el potencial hídrico de las hojas, el flujo de savia y el contenido de agua de los tejidos, terminaron convergiendo hacia los valores medidos en una selva control, una parcela vecina que nunca recibió el tratamiento de sequía.

A primera vista, esa convergencia podría leerse como una recuperación completa. Los números coinciden, luego el problema habría pasado. El detalle es que la estructura que sostenía esa estabilidad ya no era la misma. Había menos biomasa, menos árboles grandes y menor acumulación de carbono en la madera. La selva resistió porque cambió de tamaño y de composición, no porque volviera a ser lo que era.

Resistir no es lo mismo que salir ileso

En ecología, la resiliencia puede significar simplemente que un sistema mantiene sus funciones después de una perturbación. No implica que todos los elementos originales sigan ahí. Un paisaje puede continuar cubierto de árboles y, al mismo tiempo, haber perdido justo a los individuos que guardaban grandes cantidades de carbono o que ofrecían cavidades para los animales que dependen de ellas.

El resultado importa porque los modelos climáticos suelen plantear la pregunta en términos binarios: ¿la selva va a morir o va a sobrevivir? El experimento muestra que existe una tercera posibilidad, menos cinematográfica y bastante más inquietante. La selva puede reorganizarse, seguir siendo funcional en parte y aun así prestar menos servicios ecológicos que antes.

Esa diferencia cambia también la forma de leer las imágenes de satélite. Una copa verde no informa por sí sola cuántos árboles murieron, qué tamaño tienen los que quedaron ni cómo se alteró la capacidad de almacenar carbono. El verde persiste. Lo que hay debajo del verde puede haberse vaciado.

Por qué hicieron falta veinte años

A diferencia de una observación puntual hecha después de una sequía natural, el experimento permitió seguir la respuesta durante más de dos décadas. Esa duración no es un lujo metodológico, es la condición para ver lo que se necesita ver. Los árboles crecen despacio y los efectos de un cambio en el suelo pueden aparecer mucho después de la primera estación seca.

Los investigadores compararon las parcelas sometidas al tratamiento con áreas que no fueron expuestas a la misma reducción de agua. Midieron variables fisiológicas, estructura de la vegetación y biomasa, con una pregunta de fondo: ¿la selva estaba solo sufriendo o había encontrado una nueva condición de equilibrio?

Este tipo de investigación es difícil de sostener y no representa a todas las selvas amazónicas. Los suelos cambian, las especies cambian, el régimen de lluvias cambia y los historiales de perturbación también. El valor del experimento está en revelar un mecanismo posible, no en ofrecer una previsión única para toda la cuenca.

El riesgo mayor está en la repetición

Una sequía aislada puede producir mortalidad y después ser seguida por una recuperación parcial. Las sequías repetidas, sumadas a los incendios y a la fragmentación, reducen el margen de adaptación. Cada árbol grande que cae altera la sombra, la humedad, la competencia y la disponibilidad de semillas en su entorno inmediato.

Y ahí aparece el costo escondido del hallazgo. Si el sistema necesita perder biomasa para alcanzar estabilidad, entonces la respuesta tiene un precio que crece con la frecuencia de las sequías. La selva puede permanecer de pie y, al mismo tiempo, llegar con menos reservas a la siguiente perturbación.

Dos imágenes simplistas que conviene abandonar

La investigación ayuda a dejar atrás dos relatos igualmente cómodos. Uno, el de una Amazonía incapaz de resistir cualquier sequía, siempre al borde del colapso inmediato. Otro, el de una selva que sobrevive sin consecuencias, dotada de una capacidad de adaptación ilimitada. La realidad que describe el experimento es más incómoda que ambas: la mata puede seguir verde mientras su estructura cambia en silencio.

Para quien acompaña la selva desde imágenes, esa distinción es decisiva. El verde puede mantenerse mientras el número de árboles grandes cae, la sombra se abre y la cantidad de carbono acumulado disminuye. La resistencia observada en el experimento es real y merece ser reconocida, pero no debe confundirse con una recuperación sin pérdidas.

El experimento muestra además por qué las series largas son indispensables. Una parcela puede parecer estable durante algunos años y revelar pérdidas acumuladas solo cuando las mediciones se extienden por décadas. La sequía no actúa en un único momento: reorganiza de forma gradual la competencia por el agua, por la luz y por el espacio.

Leído así, lo que el experimento registró no fue ni una muerte ni una recuperación. Fue un cambio de estado. La distinción puede sonar académica, pero decide la manera de medir el riesgo que enfrenta la mayor selva tropical del planeta. Una selva que sobrevive encogiendo sigue siendo una selva, aunque cargue menos carbono, guarde menos gigantes y llegue a cada nueva estación seca desde un punto más bajo que la anterior.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Nature Ecology & Evolution / Revista Amazônia.

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