
En ciertos puntos de la Amazonía el suelo se convierte en alimento. Son barrancos, orillas erosionadas o pequeños claros donde los mamíferos llegan a lamer o a tragar tierra. En la Amazonía de habla hispana esos lugares tienen nombre propio: colpas, saladeros o salados, el equivalente de los barreiros brasileños. Todos describen lo mismo, un punto del terreno donde la tierra concentra minerales y atrae a animales que, en teoría, viven de hojas y frutos. El comportamiento también tiene nombre técnico: geofagia, el consumo deliberado de suelo. Para quien mira la selva como un mundo de follaje, la escena resulta desconcertante. Para tapires, pecaríes, venados y monos, es pura rutina.
Un estudio publicado en la revista Scientific Reports analizó qué factores llevan a los mamíferos amazónicos de gran porte a visitar estas áreas. La investigación no trató el comportamiento como una curiosidad aislada ni como una anécdota de campo. La propuesta fue entender qué existe realmente en esos puntos y por qué pueden resultar tan importantes para animales con dietas, tamaños corporales y necesidades fisiológicas muy distintas entre sí.
Una selva rica que concentra minerales en espacios diminutos
El suelo amazónico es conocido por la baja disponibilidad de algunos nutrientes en buena parte del paisaje. Eso no significa que la selva sea pobre en vida. Al contrario: la diversidad vegetal y animal depende de ciclos muy eficientes, en los que hojas, raíces, frutos, microorganismos y agua redistribuyen constantemente los elementos disponibles. Aun así, ciertos minerales pueden aparecer más concentrados en lugares específicos del terreno, y esos lugares no están repartidos de manera uniforme por la floresta.
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La falsa coral y el mimetismo batesiano que engaña a los depredadores de la selvaLas colpas funcionan como puntos de encuentro porque ofrecen una combinación poco común de acceso, humedad y composición del suelo. La ubicación también pesa. Una orilla expuesta por la erosión, una ladera cercana a un río o una abertura en el sotobosque puede ser mucho más fácil de alcanzar que una capa mineral escondida bajo raíces y hojarasca. La geología define qué hay abajo, pero la geografía decide quién consigue llegar.
La investigación mostró que la visita no depende únicamente de la presencia de sal. El tamaño del animal, el tipo de alimento que consume y la dinámica del paisaje influyen en la decisión de acercarse. Un mamífero frugívoro puede buscar una colpa por razones distintas de las de un animal que ingiere grandes cantidades de hojas o de semillas duras.
Por qué comer tierra puede tener sentido
Una de las hipótesis es que el suelo ayude a complementar minerales de la dieta. Otra posibilidad es la adsorción de compuestos presentes en las plantas, sobre todo cuando los animales consumen hojas o frutos con sustancias difíciles de procesar. Esas explicaciones no son mutuamente excluyentes y pueden variar entre especies, entre estaciones del año y entre localidades separadas por pocos kilómetros.
El comportamiento también puede tener relación directa con la digestión. Los grandes herbívoros ingieren fibras, taninos y otros compuestos vegetales en cantidades considerables. La geofagia podría participar en la regulación química del contenido ingerido, aunque los mecanismos exactos todavía dependen de análisis específicos para cada especie y para cada tipo de suelo.
Conviene no convertir una hipótesis en certeza. Observar a un animal con la boca pegada al barranco no revela por sí solo qué sustancias busca. Para responder a esa pregunta, los investigadores necesitan comparar muestras de suelo, heces, plantas y tejidos, además de acompañar la frecuencia de las visitas y los períodos del año en que ocurren.
Un punto de encuentro que también expone
Las colpas tienen otro efecto ecológico evidente: concentran individuos de especies diferentes en un área pequeña. Eso puede favorecer el intercambio de información y la detección temprana de depredadores, pero también crea una situación de riesgo. Un lugar previsible de alimentación puede ser vigilado por cazadores, sobre todo cuando está cerca de senderos, de ríos navegables o de carreteras.
Por ese motivo, proteger una colpa no se resume a cercar un barranco. Hay que conservar la selva de alrededor, mantener rutas de escape, evitar la apertura de nuevos accesos y entender cómo el nivel del agua modifica la entrada de los animales. El punto solo existe ecológicamente porque está conectado a un paisaje mucho mayor que él.
Una ventana abierta para la conservación
La visita a una colpa puede usarse como indicador de presencia de especies difíciles de observar de forma directa. Huellas, marcas de excavación, heces y registros de cámaras trampa ayudan a estimar qué animales utilizan el sitio. Cuando esos datos se combinan con información sobre caza, deforestación y régimen de lluvias, el barranco se convierte en una ventana hacia los cambios del territorio.
El estudio refuerza además una idea sencilla: los comportamientos aparentemente extraños pueden revelar necesidades fundamentales. El tapir que parece solo lamer un barranco está interactuando al mismo tiempo con la geología, con la vegetación y con su propio sistema digestivo. El mono que visita el mismo punto participa de una red de relaciones que no aparece en ningún mapa de cobertura forestal.
El detalle que cambia la lectura de la Amazonía
Conocer la geofagia impide que la fauna quede reducida a una lista de especies. Cada animal usa la selva de un modo particular, y esas elecciones pueden indicar la calidad del ambiente que lo rodea. Una colpa abandonada puede ser señal de perturbación, pero también puede reflejar la creciente del río, un cambio en la oferta de frutos o la presencia reciente de un depredador.
La información más valiosa está en la repetición y en el contexto. La Amazonía no tiene un único tipo de suelo, ni una sola estación, ni una sola selva. Por eso, comprender por qué los animales comen tierra exige comparar lugares y épocas sin borrar las diferencias entre ellos. El misterio de los barrancos de sal no es una anomalía: es una pista sobre cómo la vida encuentra nutrientes en uno de los ambientes más complejos del planeta.
Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Scientific Reports.
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![La miel de las abejas sin aguijón de la Amazonía revela un potencial antimicrobiano poco común Noventa e nove por cento de eficácia. Este é o índice de inibição bacteriana registrado em laboratório pelo mel de abelhas nativas sem ferrão (meliponíneos) contra cepas resistentes de Staphylococcus aureus, superando antibióticos comerciais. Uma pesquisa pioneira no Pará está validando o que populações tradicionais já sabiam: este "ouro líquido" possui propriedades cicatrizantes e antimicrobianas extraordinárias. O estudo, conduzido por uma rede de pesquisadores de instituições como a UFPA e o MPEG, não foca no mel convencional da abelha africana (Apis mellifera). O alvo são as espécies nativas da Amazônia, como a tiúba (Melipona fasciculata) e a uruçu-cinzenta (Melipona fasciculata), cujo mel possui características físico-químicas únicas. A meliponicultura Amazônia está deixando de ser uma atividade apenas extrativista para se tornar um pilar da bioeconomia medicinal. Diferente do mel comum, o mel das abelhas sem ferrão é mais fluido, menos doce e possui uma acidez natural elevada, fatores que, somados a compostos bioativos da flora amazônica, criam um ambiente hostil para patógenos. O mecanismo biológico da cura A ciência por trás do mel medicinal Pará revela um coquetel de defesa natural. As abelhas nativas sem ferrão mel produzem uma substância rica em peróxido de hidrogênio (um potente antisséptico) e flavonoides com ação anti-inflamatória. Quando aplicado em feridas, este mel forma uma barreira protetora que impede a infecção e estimula a regeneração dos tecidos. Pesquisadores da Fiocruz analisam como as enzimas presentes na saliva dessas abelhas, misturadas ao néctar de plantas medicinais da Amazônia, criam compostos que quebram o biofilme bacteriano – uma "armadura" que protege as bactérias e torna as infecções crônicas difíceis de tratar com medicamentos convencionais. 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Por isso, a certificação de origem e o manejo sustentável são cruciais. Um mel colhido de uma colônia de tiúba que se alimentou de jaborandi terá propriedades diferentes de um colhido de uma colônia de jandaíra que visitou aroeiras. Esta validação científica abre portas para a integração do mel nativo no Sistema Único de Saúde (SUS) como fitoterápico, especialmente em regiões remotas onde o acesso a antibióticos é limitado. Além disso, atrai o interesse da indústria farmacêutica global, que busca novas moléculas para combater a crescente crise de resistência a antibióticos. Desafios da produção e sustentabilidade Apesar do potencial revolucionário, a produção de mel medicinal Pará enfrenta gargalos. As abelhas nativas sem ferrão produzem muito menos mel que as africanas (cerca de 1 a 3 litros por ano por colônia, contra até 40 litros das Apis). Isso torna o produto raro e de alto valor agregado, exigindo técnicas de manejo precisas para não esgotar as colônias. O IBAMA alerta que o aumento da demanda pode incentivar o extrativismo predatório. A solução reside no fortalecimento da meliponicultura Amazônia sustentável. Criar abelhas sem ferrão em caixas racionais, plantando espécies nativas ao redor, é a única forma de garantir produção constante e preservar a biodiversidade. [Imagem de apoio 2: Meliponicultor manejando caixas racionais de abelhas sem ferrão em um sistema agroflorestal.] A destruição de habitats é outra ameaça direta. Muitas espécies de abelhas sem ferrão nidificam exclusivamente em ocos de árvores centenárias. O desmatamento elimina não apenas a flora da qual elas se alimentam, mas seus locais de reprodução, colocando em risco a existência dessas operárias da saúde florestal. Bioeconomia e futuro da medicina amazônica O mel das abelhas nativas sem ferrão não é apenas um remédio, é um vetor de desenvolvimento sustentável. Fortalecer cadeias produtivas de mel medicinal Pará gera renda para comunidades locais, incentivando a conservação da floresta em pé. Um hectare de floresta preservada vale muito mais com a produção de mel medicinal e outros produtos da sociobiodiversidade do que convertido em pasto. A criação de laboratórios de certificação e controle de qualidade no Pará é fundamental para que esse mel chegue ao mercado farmacêutico com segurança e valor justo. O Imazon defende políticas públicas que desburocratizem a regularização da meliponicultura Amazônia e fomentem cooperativas de produtores. O futuro da medicina pode estar escondido em uma pequena caixa de abelhas no coração da floresta. Validar cientificamente o poder curativo do mel de abelhas nativas sem ferrão é um passo crucial para uma medicina mais integrada, sustentável e acessível, que reconhece e valoriza a sabedoria dos povos que coexistem com a Amazônia. O ouro da floresta é medicinal e precisa ser preservado. A cura para feridas resistentes não virá apenas de sínteses químicas, mas da inteligência biológica que a Amazônia aperfeiçoou ao longo de milhões de anos.](https://revistaamazonia.com.br/wp-content/uploads/2026/04/image-32-100x70.webp)



