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El regreso del yaguareté a los Esteros del Iberá

Ressurreição da paisagem o desafio histórico da reintrodução de grandes mamíferos e o equilíbrio da biodiversidade

Durante más de setenta años, los Esteros del Iberá, un humedal inmenso en la provincia argentina de Corrientes, cargaron con una ausencia difícil de ver a simple vista: la de su depredador tope. El yaguareté, Panthera onca, el felino más grande de América, había sido eliminado de la región por la caza y por el avance de la frontera agrícola. Cuando desapareció, se llevó consigo una parte del funcionamiento del ecosistema. Hoy ese animal vuelve a moverse entre pajonales, lagunas y esteros, y su regreso se convirtió en el capítulo central de uno de los proyectos de restauración biológica más ambiciosos del hemisferio sur.

La reintroducción nunca fue un gesto simbólico ni el rescate de animales sueltos. Fue una operación planificada durante años por la fundación Rewilding Argentina, junto al gobierno local y a socios internacionales, con un objetivo que excede a la especie: devolverle al humedal más grande del país la capacidad de regularse por sí mismo. Esa estrategia tiene nombre propio, rewilding, y parte de una premisa incómoda para la conservación tradicional: proteger un paisaje sin sus especies funcionales equivale a conservar un escenario vacío.

Qué se rompe cuando falta un gran mamífero

Los ecosistemas no son cuadros estáticos. Son sistemas dinámicos sostenidos por interacciones constantes entre las especies y el ambiente, y los grandes mamíferos están entre los actores que más influyen sobre esa maquinaria. Cuando desaparecen, por cacería, por pérdida de hábitat o por conflicto con actividades humanas, dejan un vacío funcional que dispara un efecto dominó de desequilibrios. Sin grandes herbívoros que pastoreen y dispersen semillas, y sin depredadores tope que controlen a herbívoros y mesodepredadores, la estructura de la vegetación se altera, la diversidad cae y el ciclo de nutrientes se interrumpe.

Por eso la ecología de la restauración habla de ingenieros del ecosistema. Los grandes herbívoros, como el bisonte europeo o el ciervo de los pantanos, sostienen paisajes en mosaico donde se alternan pastizales abiertos y bosques densos. Esa heterogeneidad estructural beneficia a una enorme cantidad de especies menores, desde aves hasta insectos, que dependen de microhábitats distintos para completar su ciclo de vida. Los depredadores tope operan en el otro extremo de la cadena: al regular a los herbívoros y obligarlos a comportamientos más cautelosos, evitan el sobrepastoreo, permiten la regeneración de la vegetación ribereña y protegen de forma indirecta las cuencas hidrográficas.

El caso más citado del mundo sigue siendo el retorno del lobo gris al Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, donde la vuelta de un solo depredador reordenó cadenas tróficas enteras. Iberá es la versión sudamericana de esa apuesta, con un felino en el centro y un humedal como escenario.

Iberá, el humedal que recuperó a su depredador

Traer de vuelta al yaguareté es el punto más alto del proyecto correntino, y también el más complejo. Extinguido localmente durante más de siete décadas, el felino era la pieza ausente en un sistema donde carpinchos y yacarés se habían multiplicado sin control, justamente porque ya no quedaba nada capaz de regularlos. Recuperar esa función exigió mucho más que soltar animales en campo abierto.

El proceso incluyó la traslocación de individuos provenientes de distintas regiones, algo que resguarda la diversidad genética, la construcción de recintos de aclimatación donde los animales aprenden a cazar y a moverse en el terreno, y un monitoreo satelital riguroso una vez liberados. Ese seguimiento cumple dos funciones al mismo tiempo: confirmar que los ejemplares se adaptan y anticipar cualquier conflicto con las comunidades vecinas. El nacimiento de las primeras crías de yaguareté en libertad en décadas, dentro del Iberá, marcó un hito histórico para la conservación sudamericana y convirtió al proyecto en una referencia internacional.

No solo el felino: reconstruir la trama entera

El yaguareté se lleva los titulares, pero el trabajo en el Iberá apuntó siempre a reconstruir una red y no una figura aislada. Junto al felino regresaron el oso hormiguero gigante (Myrmecophaga tridactyla), el venado de las pampas (Ozotoceros bezoarticus), el lobo gargantilla o nutria gigante (Pteronura brasiliensis) y el loro vinoso (Amazona vinacea).

Cada una de esas especies cumple un papel propio: dispersar semillas, controlar poblaciones de insectos, modelar la vegetación o mover nutrientes entre el agua y la tierra firme. Sumadas, reconstruyen una trama trófica compleja, y eso es exactamente lo que separa a un ecosistema resiliente de un paisaje bonito pero funcionalmente pobre. La conservación contemporánea ya no mide su éxito solo en hectáreas protegidas, sino en procesos ecológicos que vuelven a ocurrir.

Los obstáculos reales: genética, sanidad y miedo

Ningún proyecto de reintroducción avanza sin fricción. En el plano técnico, los equipos deben garantizar diversidad genética suficiente en las poblaciones fundadoras, sostener un monitoreo sanitario que evite la propagación de enfermedades e identificar hábitats con capacidad de carga real para sostener a los nuevos individuos. Un área puede parecer adecuada en un mapa y no serlo en el terreno.

Aun así, los desafíos más duros suelen ser sociales y políticos. La vuelta de grandes carnívoros genera resistencia y temor entre las poblaciones vecinas, preocupadas por su seguridad y por la posible depredación de ganado. Ignorar ese miedo es la forma más rápida de hundir un proyecto técnicamente impecable.

La respuesta que funcionó en Corrientes combinó ciencia de la conservación con participación comunitaria y desarrollo económico sostenible. El ecoturismo enfocado en la observación de fauna silvestre creó empleo en hotelería, gastronomía y guiado, y transformó la economía regional. Antiguos cazadores pasaron a ser defensores de la biodiversidad, no por efecto de un discurso, sino porque la fauna viva empezó a valer más que la fauna cazada.

Individuos, no piezas de un tablero

Hay una dimensión del rewilding que la discusión técnica suele dejar afuera. Los animales reintroducidos no son fichas de un tablero ecológico: son individuos sintientes, capaces de sentir dolor, miedo y alegría, y de establecer vínculos sociales complejos. El manejo ético de esas especies, respetando su bienestar y su autonomía, es hoy un pilar de cualquier proyecto serio de conservación.

Visto así, reintroducir no es manipular la naturaleza. Es un acto de reparación y de cuidado, que le devuelve a la vida silvestre el derecho de habitar territorios de los que fue expulsada injustamente. La resurrección del paisaje en el Iberá funciona como una invitación incómoda y necesaria a repensar nuestra relación con los ecosistemas que degradamos, y demuestra que la restauración es posible cuando la ciencia, la política y las comunidades locales empujan en la misma dirección.

Reportaje: Anne Silva / Revista Amazônia. Fuente: Fundación Rewilding Argentina, Parque Iberá, Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

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